En este periodo litúrgico nos encontraremos con una exhortación que se hace llamamiento diario: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante» (Ex 22,20). Aun así, en un mundo globalizado como el nuestro, ¿quién es el forastero? Nuestra aldea global, con su facilidad de comunicaciones y de intercambio, integra cada vez más la diversidad de culturas y da opción al beneficio mutuo, siempre que los pueblos estén dispuestos a acogerse unos a otros.
Observemos la realidad que nos rodea y nos daremos cuenta del enorme cambio que se ha obrado en estos últimos años. El papa León XIV, en su reciente viaje apostólico a nuestra tierra, especialmente donde la migración forzosa ha tomado más fuerza, ha insistido en la actitud con la que debemos situarnos ante los recién llegados, aún más si se trata de personas que acuden a nuestras parroquias y quieren participar en la liturgia de nuestras comunidades parroquiales, santuarios y lugares de culto.
Aquí, en Mallorca, visité en el hospital a una joven encontrada en medio del mar, a la que, después de días sola a la deriva aferrada a un trozo de madera que flotaba, un barco de rescate la llevó a nuestra isla procedente de la alta mar de Libia. Pedía ir a una de nuestras iglesias porque era católica y quería dar gracias a Dios, porque había sido salvada del naufragio. Oré con ella y, durante la oración, empezó a cantar una canción que decía: «Aunque las velas del barco se rompan y el barco se hunda, ¡yo confiaré siempre en ti, Dios mío!»; y me dijo: «Esta oración me ha salvado, ¡siempre la he cantado!». He aquí la fe de los sencillos que nos ha de ayudar a sentarlos en la misma mesa.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
El gesto de acogida, un valor eminentemente evangélico, ha sido y es aún el signo inequívoco de haber entendido el precepto del Señor cuando le preguntan por el primer mandamiento de la Ley. Su respuesta, la escuchamos en el evangelio, une el primer mandamiento con el segundo para que nos demos cuenta de que no es posible uno sin el otro: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Resulta exigente y reconfortante a la vez pensar en que la medida de nuestro amor a Dios es nuestro amor al prójimo. En Tenerife, el papa León nos decía: «Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero (cf. Mt 25,35-40). […] Desde esta convicción, nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. […] La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral.
La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro». Pensemos que estamos invitados a hacerlo realidad desde nuestras Iglesias y desde la acogida que realizamos.
Mons. Sebastià Taltavull Anglada (bisbe de Mallorca), Misa Dominical, número 13, 2026.