IDEOLOGÍAS DE GÉNERO

Artículo de Mercè Solé, miembro del Centre de Pastoral Litúrgica, publicado en la sección de liturgia de Catalunya Cristiana (23 de octubre).

Últimamente, en algunos ambientes eclesiales, incluso en algunas declaraciones del papa Francisco, se oye hablar con preocupación de la llamada «ideología de género», contrapuesta a los valores del Evangelio. La verdad es que la primera vez que lo oí, interpreté que cargaban contra el feminismo en general y pensé que la Iglesia aún tenía que hacerse mayor para osar criticar el feminismo sin revisar a fondo las propias actitudes. Pero parece que, por lo menos el Papa, se refiere a un grupo –muy minoritario por lo que conozco– que reivindica la libertad personal de elegir el género sexual. Sin embargo, una parte de la Iglesia sigue refiriéndose a ello como si fuera una ideología general y unitaria, de modo que se toma una parte por el todo y se demoniza el conjunto de reivindicaciones de género. Me hace gracia, porque se habla de ello de la misma forma que algunos nacionalistas españoles hablan de los nacionalistas catalanes: como si el único nacionalismo fuera el del otro, sin reconocer el propio. A pesar de la actitud de Jesús con las mujeres, que rompe muchos moldes culturales, hay que reconocer que la institución eclesial es una de las que opone más resistencias al progresivo reconocimiento de la capacidad, libertad y mayoría de edad de las mujeres. Hasta el punto que hay quien dice que así como en un cierto momento la Iglesia perdió a los obreros, y después a los jóvenes, ahora son las mujeres las que se marcharán sintiéndose cada vez más alejadas de la institución.

Me diréis que qué relación tiene esta cuestión con la liturgia de este domingo. Reconozco que he pensado en ello por asociación de ideas. Este domingo se celebra la Jornada Mundial de las Misiones (Domund). Creo sinceramente que también el mundo occidental es tierra de misión y me pregunto cómo podremos evitar la desconexión masiva de las mujeres y cómo nos podremos aproximar a las que ya se sienten muy alejadas de la Iglesia. Será difícil, si la Iglesia somos incapaces de reconocer nuestros propios tics, nuestra propia ideología de género. Una ideología que se manifiesta especialmente en la liturgia y que contamina las reflexiones teológicas y pastorales. No solo en cuanto al necesario discernimiento sobre el acceso de las mujeres al diaconado o al presbiterado, sino sencillamente para llevar a cabo lo que ahora ya se puede hacer, como señalaba muy bien Dionisio Borobio en un artículo en la revista Phase («La mujer como agente de la celebración Litúrgica», núm. 332 de marzo-abril 2016). Porque tanto el Código de Derecho Canónico como la constitución Sacrosanctum Concilium permiten que laicos y laicas se ocupen de algunos servicios litúrgicos. Algo que no suele formar parte, por lo menos con el reconocimiento que merece, de la vida cotidiana de nuestras comunidades y un camino por donde, sin duda, hay que avanzar, junto con la delegación de determinadas labores pastorales.

En el evangelio de hoy vemos que, en su oración autocomplaciente, el fariseo vive su fe como si fuera una especie de despliegue normativo y contempla a los demás con las gafas de los prejuicios. Y es que la norma pone límites, «en-caja», permite controlar y verificar. Seguir la norma da seguridad, es una respuesta objetiva, que nos exime de un criterio interno. El tema es que la vida, como dice la canción, suele «desbordar todo esquema» y, en toda su complejidad, remite no a una norma exterior, sino a la interioridad, al ser. Un personaje mal visto, sospechoso –antes y ahora– como es un recaudador de impuestos se relaciona con Dios no a partir de la norma, sino de lo más hondo del alma y de la conciencia. Por eso puede reconocer su pecado, experimentar la misericordia de Dios y abrir la puerta a ser él mismo misericordioso.

Quizás también en esta cuestión de las mujeres, más que explorar la tradición y la norma, necesitaremos ir al fondo de la interioridad, allí donde podamos encontrarnos, libres de prejuicios, con este Señor que «no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja», para volvernos humildes, libres y lúcidos al servicio del Reino.