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En la muerte de Mn. Francesc Xavier Parés

02/03/2020

El día 19 de febrero el cielo estaba limpísimo en La Seu y el Cadí resplandecía de luz; la catedral, llena de los fieles que despedían en este mundo a Mn. Xavier; la catedral, dedicada a Santa María, Magna Domina Urgellitana, que tanto amaba.

Todo el mundo quería a Mn. F. Xavier Parés, su obispo, que, con convicción predicaba que el memorial del Señor es un bálsamo de consuelo en la muerte de los hermanos. Bellamente predicaba el salmo «El Señor es mi Pastor», que tanto gustaba a Mn. Parés. «Mn. Xavier no tenía un no para nadie», dijo en la homilía y así lo retrataba perfectamente. A Mn. Parés le querían los hermanos sacerdotes de su diócesis y de las otras diócesis. Le querían los alumnos con los que siempre se manifestaba paciente, como un maestro explicaba las entrañas de los rituales de la Iglesia para que descubrieran su origen, la letra y el espíritu. La amistad florecía a su alrededor por el amor que tenía a Cristo. Sobre todo a Mn. Xavier le quería el pueblo, así este lo testimoniaba llenando completamente la catedral de La Seu.

Doctorado en San Anselmo de Roma, participó y continuó la escuela de liturgistas de Barcelona y captó lo mejor de Mn. Pere Tena, Mn. Pere Farnés, de Mn. Joan Bellavista y del P. Aldazábal. Su sabiduría litúrgica la transmitía a sus alumnos (Instituto Superior de Litúrgia), con una cuidada preparación de las clases y con el seguimiento pedagógico y atento de sus alumnos.

Siempre creía que no había preparado lo suficiente las clases y siempre consultaba a sus colegas profesores. Como delegado de liturgia amaba el trabajo de la Comisión Interdiocesana de Liturgia y seguía de cerca y con interés los trabajos de versión y edición de los libros litúrgicos catalanes.

Amaba el país, nuestra Facultad de Teología, le supuso un gran gozo pronunciar la lección inaugural del curso académico 2014-2015.

Era profesor de liturgia, pero también era pastor del Pueblo de Dios, en los múltiples servicios que se le encomendaron. Esta condición le liberaba de una visión de la liturgia exageradamente rubricista y le daba la convicción de que la liturgia es obra del Pueblo de Dios, tal y como es en cada lugar. La belleza de la liturgia, también su autenticidad, pertenece a la convicción del corazón y de la fe, también a la capacidad de amarnos y de amar.

Mn. Xavier vivió con alegría y toda la vida el servicio del Señor. No solo fue un académico de la liturgia, sino un celebrante de la liturgia dominical donde un profesor aprende el sensus del Pueblo de Dios, reunido para celebrar los santos misterios y esto marca la enseñanza de la liturgia. Era, entre otras cosas, profesor de los libros litúrgicos. Un libro litúrgico no es para ser estudiado, sino para ser celebrado. Aquí entra toda la capacidad de adaptación pastoral de la liturgia a la asamblea celebrante, que es el arte de no traicionar la naturaleza del acto litúrgico y entregarlo al Pueblo de Dios, que en cada lugar adquiere un rostro concreto, y hacerlo vivir para la alabanza del Padre, ponerlo en seguimiento de Cristo, viviendo la gran esperanza del regreso del Señor y actuándolo en la caridad, que siempre procura la justicia. El celebrante, con la gracia del Espíritu Santo, es un mistagogo de las obras de Dios y solo es capaz de hacer entrar en los Misterios de la fe si él los vive en la oración. Es la oración, la participación del Pueblo de Dios y la mistagogia de un buen celebrante lo que llena de vida un libro litúrgico. Él lo sabía y lo vivía.

Mientras Mons. Vives, obispo de La Seu, aspergía e incensaba el cuerpo de Mn. Xavier, recé con todo el pueblo para que participe de la liturgia del cielo y disfrute de la plenitud del Reino, que él predicó, testimonió y para el que vivió.