¿LITURGIA VERSUS ESPIRITUALIDAD?

El otro día escuchaba una conferencia de los más sugerente de una persona cristiana joven, culta, con tres carreras universitarias, un compromiso acreditado realizando servicios a los demás y una espiritualidad que se notaba trabajada. Sin postureo. Con toda la autenticidad.

Hablaba del necesario equilibrio entre la acción, la espiritualidad y la formación, lo cual comparto totalmente. Pero algo chirrió dentro de mí y mis neuronas, domesticadas en el Centro de Pastoral Litúrgica, donde trabajo, saltaron: ¿espiritualidad? ¿Por qué no habla de liturgia? En caliente, me salió reivindicar allí mismo la liturgia, por su carácter comunitario y de presencia y memorial deseado explícitamente por Jesucristo, contraponiéndola a la espiritualidad (más individual y diversa aunque igualmente necesaria). Hallé respuesta en algunas personas presentes en la sala, que pusieron en duda la eficacia (si es que se puede llamar así) de unas misas, decían, muy alejadas del lenguaje y de la vida de los hombres y mujeres de hoy. Encajé una señora goleada.

Un poco más fríamente, pensé que algo no funciona cuando la liturgia no aparece espontáneamente en la lista de «cosas importantes» en la vida cristiana de mucha gente que hace todo lo posible por vivir su fe a fondo y de forma coherente. Acostumbramos a hacer revisión de vida, estudios de evangelio, ejercicios espirituales, oraciones de muchas formas; algunos rezan el rosario o hacen meditación en silencio, pero la liturgia es otra cosa.

Lo expresa muy bien Goffredo Boselli, en un libro que acabamos de publicar en el CPL (El sentido espiritual de la liturgia), cuando dice que el camino de conocimiento de la Escritura que han realizado muchos cristianos y que ha logrado que la Biblia sea fuente de espiritualidad para mucha gente, no ha existido para la liturgia. Y que necesitaríamos una especie de lectio liturgica para aproximarnos, por ejemplo, al sentido de la oración eucarística, que suele pasar desapercibido para muchos de los participantes en las misas. Quizás porque vivimos una vida sacramental disociada de los momentos vitales importantes, o la sentimos muy distante. En la historia de la liturgia, me decía hace poco un amigo liturgista, nunca han llegado a «funcionar» a la vez todos los sacramentos. Cuando arreglamos uno, estropeamos otro. Durante muchos años, comulgar era cosa de pocos y muy de vez en cuando. Mientras que esto ha mejorado, el sacramento de la reconciliación se ha desencuadrado. Por lo menos en la Iglesia occidental, no acabamos de encontrar una mistagogia satisfactoria (este camino de iniciación vital al misterio pascual) y nos quedamos en una especie de ritos de trámite.

Esto mismo dice José Manuel Bernal en otra reciente publicación del CPL (Rescatar la liturgia). Por poco que os interese el tema, encontraréis artículos muy cortos que ayudan a comprender mucho mejor la liturgia desde la perspectiva de los cristianos con pocos conocimientos teológicos o litúrgicos como yo misma. En fin, creo que transmitir el gusto por la liturgia es uno de los retos más serios que tiene hoy la Iglesia.